Comentario diario

¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados.

Jesús regresa a «su ciudad». Allí lo esperan personas necesitadas, y entre ellas unos hombres que llevan sobre una camilla a un paralítico. San Mateo narra la escena con gran sobriedad, pero deja entrever un detalle decisivo: aquel enfermo no llega solo. Hay otros que cargan con él y lo acercan hasta Jesús. Antes incluso de que el paralítico pueda decir una palabra, ya habla por él la fe de quienes lo acompañan.

El evangelista escribe: «Viendo la fe que tenían…». La fe es visible cuando se convierte en un gesto concreto. Aquellos hombres creen lo suficiente como para vencer los obstáculos y poner al enfermo delante del Señor. En la vida de la Iglesia sucede con frecuencia algo semejante. Hay momentos en los que nuestra fe parece debilitada y necesitamos que otros crean por nosotros, nos sostengan con su oración y nos conduzcan nuevamente hasta Cristo. ¡Qué hermoso ministerio el de quienes acercan a otros al Señor sin buscar protagonismo!

Sin embargo, la respuesta de Jesús desconcierta. Todos esperan una curación física, pero Él comienza por otro lugar: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados».

Con estas palabras, Jesús no resta importancia al sufrimiento del paralítico. Sabe bien cuánto pesa aquella enfermedad. Pero también sabe que existe una esclavitud más profunda que la inmovilidad del cuerpo: la del pecado, que paraliza el corazón y rompe la comunión con Dios. Cristo mira siempre al hombre entero. No se limita a aliviar un dolor pasajero; viene a restaurar la vida en su raíz.

Llama la atención la ternura con que Jesús se dirige al enfermo: «Hijo». No habla como un juez distante, sino como quien acoge a una persona herida y le devuelve su dignidad. Antes de pedirle nada, antes incluso de invitarlo a levantarse, le regala una palabra de consuelo: «¡Ánimo!». Así actúa siempre el Señor. Su primera palabra no es la condena, sino la misericordia; no el reproche, sino la esperanza.

Los escribas, sin embargo, no logran ver esa misericordia. Se escandalizan porque comprenden perfectamente lo que implica aquella afirmación: solo Dios puede perdonar los pecados. Sin darse cuenta, su objeción prepara la gran revelación del pasaje. Jesús no rectifica sus palabras, sino que las confirma mediante un signo visible. Cura el cuerpo para manifestar una autoridad invisible: el Hijo del hombre ha recibido de Dios el poder de perdonar los pecados.

La orden que dirige al paralítico es sencilla y llena de fuerza: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa».

Resulta significativo que Jesús no haga desaparecer la camilla. El hombre debe cargar con aquello mismo que antes lo llevaba a él. La camilla deja de ser símbolo de esclavitud para convertirse en signo de una vida nueva. También nosotros experimentamos que el encuentro con Cristo no siempre elimina las huellas de nuestra historia, pero sí cambia radicalmente su significado. Lo que antes era motivo de derrota puede convertirse, sostenido por la gracia, en memoria de la misericordia recibida.

El relato concluye con el asombro de la multitud, que glorifica a Dios. Es una reacción muy propia del Evangelio. Cuando Dios actúa de verdad, el centro no es el prodigio, sino la alabanza. La mirada termina elevándose hacia Él.

Este pasaje invita a preguntarnos con sencillez: ¿Qué llevo yo hoy delante de Jesús? Quizá no sea una parálisis física, pero sí un cansancio interior, una culpa que pesa desde hace tiempo, una herida que no termina de cicatrizar o una sensación de impotencia ante nuestras propias limitaciones. El Señor conoce todo eso antes de que se lo expliquemos. Y, como al paralítico, quizá quiera comenzar diciéndonos algo que no esperábamos escuchar: «¡Ánimo, hijo!».

La Iglesia ha reconocido siempre en este Evangelio una luz especial para comprender el don del perdón sacramental. Cada vez que nos acercamos con sinceridad al sacramento de la Reconciliación, es Cristo mismo quien pronuncia sobre nosotros una palabra semejante. No solo borra nuestros pecados, sino que nos devuelve la alegría de sabernos hijos amados y nos pone nuevamente en camino.

Al terminar la oración, puede ser bueno imaginarse ocupando el lugar del paralítico. Permanecer unos instantes delante de Jesús, dejarse mirar por Él y escuchar su voz. Antes de pedirnos que caminemos, el Señor quiere sanar aquello que más profundamente nos impide vivir. Solo quien ha experimentado esa misericordia puede levantarse de verdad y regresar a su casa con el corazón renovado.