Comentario diario

¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?

Después de enseñar a la multitud, Jesús sube a la barca y los discípulos lo siguen. Es un detalle sencillo, pero importante: la tormenta no sobreviene porque se hayan apartado del Señor, sino precisamente porque están con Él. El Evangelio no promete una existencia libre de dificultades; promete la presencia de Cristo en medio de ellas.

El mar, para el pueblo de Israel, era mucho más que un elemento de la naturaleza. Representaba las fuerzas del caos, aquello que el hombre no puede dominar y que amenaza su vida. La tormenta que describe san Mateo no es un simple contratiempo: la barca parece desaparecer entre las olas. Todo hace pensar que el final está cerca.

Mientras tanto, Jesús duerme.

Este sueño desconcierta a los discípulos. ¿Cómo puede dormir cuando ellos luchan por sobrevivir? También nosotros conocemos ese sentimiento. Hay momentos en que Dios parece guardar silencio. Rezamos y no encontramos respuesta; pedimos luz y todo continúa oscuro; esperamos una intervención inmediata y el Señor parece dormir.

Sin embargo, el sueño de Jesús no significa ausencia ni indiferencia. Él está en la misma barca. Comparte el peligro de los suyos. Aunque no actúe cuando nosotros quisiéramos, nunca abandona a quienes han decidido seguirlo.

Los discípulos hacen entonces lo único verdaderamente necesario: acuden a Jesús. Su oración es breve y nace de la angustia: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». No es una oración elegante, sino verdadera. La fe no consiste en no sentir miedo, sino en saber a quién acudir cuando el miedo nos invade.

La respuesta de Jesús sorprende. Antes de calmar el mar, quiere calmar el corazón de sus discípulos. «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». No les reprocha haberlo despertado, sino haber permitido que el temor fuera más fuerte que la confianza. El verdadero peligro no era la tormenta, sino olvidar quién viajaba con ellos.

Después, con una sola palabra, Jesús manda callar al viento y al mar. Lo que en el Antiguo Testamento solo Dios podía dominar, ahora obedece a Jesús. San Mateo quiere conducirnos a la misma pregunta que surge entre los discípulos: «¿Quién es este?». Todo el Evangelio irá respondiendo poco a poco a esa cuestión, hasta que la fe pueda confesar que Jesús es el Hijo de Dios, Señor de la creación y Salvador de los hombres.

Quizá nosotros identifiquemos enseguida nuestras propias tempestades: una enfermedad, una preocupación familiar, una decisión difícil, el peso del pecado, el cansancio espiritual o la incertidumbre ante el futuro. El Evangelio no nos invita a negar esas olas, sino a descubrir que ninguna de ellas es más grande que la presencia de Cristo.

Conviene detenerse también en otro detalle. La barca ha sido vista desde los primeros siglos como imagen de la Iglesia. En ella navegan discípulos frágiles; el mar continúa agitado y las dificultades no desaparecen. Pero Cristo permanece en la barca. La seguridad de los creyentes no está en la fortaleza de la embarcación ni en la habilidad de los marineros, sino en la presencia del Señor.

Este pasaje invita finalmente a una oración muy sencilla. Podemos colocar delante de Jesús aquello que hoy provoca nuestro miedo y escuchar de nuevo su pregunta: «¿Por qué tienes miedo?». No es una pregunta que humilla, sino que abre el corazón a una confianza más profunda. El Señor no siempre cambia inmediatamente nuestras circunstancias, pero siempre puede cambiar nuestro modo de vivirlas.

Tal vez hoy baste permanecer unos minutos junto a Jesús en la barca, sin prisas, dejando que su presencia vaya haciendo crecer la calma allí donde el corazón sigue agitado. Porque la paz cristiana no nace de la ausencia de tormentas, sino de la certeza de que Cristo nunca deja de navegar con nosotros.